CAMINOS DE OLVIDO.
Todos los micros se encontraban unos a otros
en la explanada de la vieja terminal, como un palenque de posta, donde se amarraban
los caballos todos juntos hasta que sus dueños los vuelvan a utilizar, siempre
y cuando alguno no se pase de copas y tenga que ser además del transporte de
regreso, psicólogo de los lamentos de paisano, por amores no correspondidos. Un
singular colorido de sus carrocerías, simplifica la información de sus
destinos. Rescates de remates, son acondicionados para las líneas más insólitas
de estas geografías. Para colmo de los infortunios, todos salen al mismo
horario, y no en el de los mejores; si, cuando los soles por estos lugares,
queman hasta el madurar de las pieles.
Una
deshidratación que viene bien para poblar el bar de la estación, y tomar
algunos aperitivos, haciendo más placentero el viaje, y olvidarse también de
algunos problemas del presente; dibuja el perfil de los futuros pasajeros.
Más de uno revisa los bolsillones de sus
bombachas de campo, tratando de chequear si tienen los boletos de regreso, que
sacaron ni bien llegaron al pueblo, por las dudas. Las tentaciones del Baco suelen ser
perjudicial para la salud y para los bolsillos, y las reprimendas hogareñas
dolorosas para el cuerpo.
Los más chicos
se quedan a cuidar los bultos de las provisiones, premiados por laudable tarea
con unos dulces y gaseosas. Son acompañantes eternos de sus padres, porque, a
excepción de los perros, no queda nadie en las chacras, y los parientes están a
varias leguas para llevarlos a que los cuiden. Sus ojos brillantes con restos
de lagañas y el parpadear lento acusan un cansancio enfermizo.
Los humos de los
comedores se mezclan con la resolana, y la humedad se pega como sanguijuelas de
estanque.
El griterío de
los vendedores ambulantes, sobresale del murmullo general, vociferando ofertas
de cosas generalmente inservibles y mellizas de otras de dudosa procedencia, que
comercializan previo regateo, pero que igualmente ayudan para paliar las
necesidades de sus hogares.
Es la hora de partir, y se encarga de
recordarlo el arranque de los motores, sonidos graves de aceleración, exhalan
chorros de humos, que fumigan la estación. Las filas de los viajeros se ordenan solas delante de las puertas de los
coches. La premisa es ganar un lugar de privilegio; del lado de la ventanilla y
delante de todos, bate el record de preferencias.
Anciano o mujer, no tiene influencia y ante el
apuro del chofer en cortar los boletos y contar los pasajeros para que no pase
ningún filtrado, las discusiones quedan para otro momento o para alimentar la
bronca en oídas simuladas durante el viaje.
Los bocinazos
llaman a los últimos rezagados, que, corriendo con sus bolsas de compras,
tendrán que cumplir con el castigo de ir parados hasta que alguien baja en su
destino.
Primera parada obligada, en la salida del
pueblo y no anunciada por el chofer, es frente a la casa de una simpatía, que
religiosamente todos los días, le acerca un termo de agua caliente y unos
bollos caseros para acompañar el mate. En el arranque empieza a mirar por el
espejo que pasajero samaritano le acompañara en estas largas meriendas. Cayendo
siempre con esta honorable misión, en alguna agradable jovencita o en el
siempre listo, estafeta policial, el que nunca se niega, por miedo a no ser
visto en el cruce de rutas donde sube siempre.
El interior viene con poco espacio, y hay
suspiros de alivio cada vez que frena el coche para que baje alguno. La
desesperación por indicar el lugar, confunde, pero la experiencia de saber los
destinos de sus pasajeros, no inmuta al chofer. Sabe el bautismo de cada
parada: el poste blanco, los eucaliptos grandes, el galpón de acopio y otros
con los apellidos de los paisanos del lugar; justifica tantos años haciendo la
línea. Las palabras entrecortadas son entendidas de primera mano; cuando para
otros la pregunta se formularia varias veces. La paciencia con la gente tiene
que ser una virtud por estos lugares, y la tolerancia una forma de vida.
El polvo de los
caminos dificulta la respiración y se adhiere al cuerpo, como el humo de un cigarro
criollo que lo fuma el paisano más viejo del pasaje, saliendo airoso de los
reclamos por que nadie se anima a interrumpir uno de sus últimos placeres.
Patriarca de una familia numerosa que resiste y se aferra a esta vida, con la
misma garra con la que se levanta antes que aclare para carpir en el sembrado
de tabaco, el único oficio de su vida. Su rostro tiene el color del Burley, y
arrugas como una hoja aponchada por el sol.
Todos se
conocen, y entablan diálogos en voz alta para que se escuche bien, dando el
parte de la semana, y así enterarse de las cosas que no se escucha en la radio
del pueblo. El nacimiento del octavo
hijo de alguna comadre, la vuelta de algún retoño de la capital o la falta de
agua para los sembrados nuevos. En esas conversaciones, más de uno se pasa de
donde tenía que bajar, pero no hay drama, saben que vale la pena caminar un
poco más por enterarse de alguna nueva.
El camino hiere el paisaje de montes, que lo
quieren volver a cerrar, las banquinas toman vida y color por los conejillos de
Indias, que hacen reverencias y desaparecen ante la aproximación del coche. No
tiene la misma suerte una iguana joven que queda sellada su vida en la
arena. La fauna del lugar baja su promedio de vida, por que un camino siempre
sugiere peligro y por él,a los cazadores furtivos se les
facilita el despojo.
Genera esperanzas,
numerosas garzas jóvenes que se entremezclan con penitentes rozados, en aguadas
que se ven desde la ventanilla. Los carpinteros reales y los loros pelean con
diplomacia por la soberanía sobre los palmares, que no fueron todavía colonia
invadida por la opresión de las maquinas desmontadoras, y se mantienen en pie,
a pesar del viento sur.
El aire quema la
cara, y los pajonales se retuercen como llagas pronto a reventar; y saben que
la lluvia puede ser su única sanación. El rojo de la tarde se confunde con el
de las mejillas de los niños, y pronostica una sequía constante el color
violáceo de las nubes, fileteadas como los jirones de la bandera de la
escuelita.
Rompe el sonido martirizador del motor y los
murmullos confusos, el estruendo de la bocina. Anunciando el paso por la
marmita pagana, coronada con rondas de tacuaras largas adornadas por desteñidas
banderas coloradas y un sin fin de velas apagadas por el norte, es una
invitación a la atención del viajero,
al verla tan cerca de la banquina. Hay reverencia generalizada y promesas de
una futura visita. El tiempo es muy justo para una parada, próxima esta la
noche y las luces del coche no alumbran ni la hora.
Los anhelos de un
asfalto figuran históricamente entre los pedidos, para no estar tan aislado
cuando llueve, y el colectivo no entra. También saben que, si eso llegara a
suceder, la gente del lugar, los que tengan juventud, se va a ir más rápido.
Los caminos son
iconos de progreso, y a veces alfombras de cortejos fúnebres. Galería de
personajes que deambulan por el tiempo, más emparentado con los de la mitología
regional que con el olvido terrenal. Reina el silencio al final del destino, solo
unos perros flacos reciben con algarabía la llegada del coche a su estación
terminal. El mañana, tiene una cuenta pendiente para él, tratar de repetir la
rutina.
La madrugada vuelve
a sorprender. Los gorriones se dan el primer baño del día en la arena. Con la
salida del sol todo vuelve a comenzar.
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