Arenas puelchenses se recuestan sobre la desembocadura del rÃo transparente que viene del interior, arrastrándolas en sus crecientes desde los grandes espejos. El sol se refleja sobre el cuarzo plateado y encandila el avistaje de la otra orilla. Solo se recortan las siluetas inmóviles de esqueletos de sauces que fueron importados por la corriente y encallaron en la bajante de Agosto.
El verde de la isla no conjuga las utopÃas de ranchos de barro y paja en comunidades de ladrilleros. Que insisten en establecerse cerca de la margen y de los olvidos.