Arenas puelchenses se recuestan sobre la desembocadura del río transparente que viene del interior, arrastrándolas en sus crecientes desde los grandes espejos. El sol se refleja sobre el cuarzo plateado y encandila el avistaje de la otra orilla. Solo se recortan las siluetas inmóviles de esqueletos de sauces que fueron importados por la corriente y encallaron en la bajante de Agosto.
El verde de la isla no conjuga las utopías de ranchos de barro y paja en comunidades de ladrilleros. Que insisten en establecerse cerca de la margen y de los olvidos.
El desbarranco permanente, llevo la punta donde se aferraba un viejo timbó, testigo de siestas naranjeras y sueños juveniles. Y donde amarraba por esos días a La Negrita, hoy tan solo queda remansos de recuerdos.
La relación con su isla es tan fuerte como el pegamento, sacado de la sangre de los árboles curupí. Y los apegos generalmente son del presente.
Solo tiene guardado como herencia; cacharros indígenas encontrados por su padre en una bajante de la laguna, que está del otro lado del saliente. Cabezas de loros hechas con barro color herrumbre; figuras mitológicas en representaciones artesanales, de los emplumados personajes que sorprendían hasta lo sagrado, por el solo hecho de esgrimir palabras imitando al humano.
Sus manos son mapas de cortes, tatuajes de luchas con dorados perdidos. El nylon con el que pescaba en su juventud fue estilete cómplice de los callos endurecidos por el tiempo.
Los cardúmenes eran nísperos de estación. Abundantes hasta la llegada de los pájaros. Hoy escasean como el canto de los zorzales.
Sangregrados en bosquecillos transforman el aire caliente de la época en suaves brisas aromáticas.
Silencios inmortales, de postales regionales, tienen la intromisión del canto del crespín, que semejante al pomberito de la isla, se sabe que esta, pero no se lo puede ver.
Compañeros de estos sigilos, son sus perros. Que se adiestraron en comer pescado, con la misma rapidez que aprendieron a cruzar él rió.
La sensación de pertenencia al lugar los hace mas camaradas en los peligros de la zona y las recompensas no son solicitadas, eso; los hace diferentes.
Los aullidos quejosos de los monos, distrae de los mosquitos que ingresan puntualmente a la trastienda de la noche. La primavera los trae de la mano, y a veces ni el humo de bosta y ramas verdes los detienen. La lectura de las nubes que se alinean, son las mismas que el de las hormigas coloradas que se descuelgan de los ambay percibiendo que la cosa se está poniendo malcarada.
Las estrellas se ven inmensas por estos lugares, y sugiere un techo de cartón prensado con agujeros. La luna llena aleja a los surubíes más grandes, a las profundidades de los posos. Un letargo de pocos días, los ayuda a sobrevivir y dilatar sus existencias. Bandadas de patos suirirí se hacen sentir con sus chirridos, anunciando un cambio de tiempo, en vuelos noctámbulos invisibles. La hora del cambio se percibe por el golpeteo de la marejada contra las barrancas, y una estela de espuma se dibuja sobre las toscas. Se cena temprano, y se duerme poco. El nuevo día va ser muy duro; hay que arribar el arroyo más caudaloso del delta para buscar rollizos de sauce y limpiar un pescadero nuevo. Mosquiteros se despliegan sobre los camastros, unos al lado del otro. El repelente de los espirales solo ayuda al principio del mes. Las últimas brasas se apagan con el rocío, y solo los sonidos de la isla se dejan escuchar, en sinfonías de angustias de supervivencia, esperando al alba.
La resolana que se filtra entre los árboles, ayuda a sacudir las cobijas, mientras el fuego calienta una pava gigante con agua, para el mate cocido general. El humo se impregna para siempre, y no beneficia la calidad de la leña, porque la buena, fue mutilada con saña guerrera.
Una radio transistor los saca del retraimiento, sin que les importe demasiado las noticias. Si, las notas chamameceras que les permiten mitigar el comienzo del día.
Los más grandes acompañan al padre. Y la deserción escolar se sigue ensañando. Las explicaciones de varios maestros, qué intentaron que vayan a la escuela, no pudieron resolver los problemas del estomago vacío.
Leyes de ignorancias antiguas, pero actuales, dónde las prioridades pasan primero, por comer.
Y cuando son más las manos para el trabajo, existen más posibilidades. Los asistencialismo de efímeros punteros; no les permiten tampoco, salir de esa situación. Solo las contienen, para que no desarrollen la idea de las ideas.
El rió cambio varias veces su curso, y está cada vez menos limpio, pero nunca su sentido. En periodos cada vez más corto crece inexorablemente, y son ciclos de sufrimiento y de desarraigos momentáneos. Que no proyectan esperanzas para futuro. Es esa, la filosofía de vida del islero, hidalgos jinetes intemporales. Descalzos por principio, sucumben por las cosas sencillas. Darle importancia a las cosas sin importancia; leer el cielo, beber el viento o pegar un grito cuándo la pesca es buena. Le da razón a su tozudez con el enraízo, tan cerca y tan diferentes a los de la otra orilla, que solo piensan en irse. Deben creer, que la nostalgia, es un escalón a un lugar más favorable para sus vidas exteriores.
Ollas negras, canoas valientes, tacuaras macizas, charques colgados. El increíble mundo del practisismo. Ser parte del ecosistema los reconforta, y los aparta en una subcultura no contaminada. La costumbre de ser buena gente gobierna a las normas posmodernas de comunidades globalizadas.
Hay una inexpresable envidia verlos sentados en cuclillas a la orilla del cauce. Mientras tejen la mejor estrategia para el día.
Jabón blanco, grasa vacuna, harina suelta, leche en polvo, yerba mala. Sin marquetineo intempestivo, trocado en el muelle del puerto por pescado; religiosamente un par de veces al mes, se vuelve contrapeso de alivios.
Tupidas son las soledades, excepto cuando pasan las grandes balsas. Viven plenamente, sin apuros. No quieren el atajo.
Solo la excesiva humedad los puede sacar del sendero.
Sauces recostados por el viento son testigos del lento paso del tiempo. El paisaje sufre transformaciones en sus colores primarios. Marquesinas de luces lácteas protegen las almas perdidas, que no encontraron su lugar.
La isla cerca seduce, pero la vida en ella margina. No se hacen islero, son; porque su cuna fue la canoa, sus amigos sus hermanos, sus alegrías el nado. Sus cosas, las hechas a mano; sus angustias como la gente de campo. Su oficio: ladrillero, siempre mal pago. La pesca su sacrificio para equilibrar el plato. El rió lo marchito muchas veces, como las heladas de Mayo; pero solo hasta que las aguas bajaron.
Meridianos de sueños en paralelos mortales, genera una savia de energía, comprometida con la esencia de la nación.
El apego a su isla es muy grande, como...
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