Al campo en estas latitudes, le crece cabelleras doradas en pajonales de sabanas, y le brotan batallones de palmeras con visibles problemas de estabilidad. El verde del paisaje, es propiedad de los arbustos, robustecidos por el clima y el tiempo; porque el que nace para leña; nunca dura mÔs de unos años. Algunos zanjones que flanquean el camino, revelan su deshidratación momentÔnea con baldosines de greda cortados por el sol en pentÔgonos perfectos, mientras los caracoles quedan al descubierto, sufriendo los embates infalibles de caranchos carroñeros. Los frutos del tÔrtago estallan con la temporada, y se reproducen por obra y gracia de los cuises, que esperan ansiosos sus semillas, perlas de ostras del monte.
El camino tiene solo dos surcos de huellas olvidadas; y el corte en estrĆa de escurrimiento sobre cada depresión, son los Ćŗnicos que interrumpen el meandro carretero.
Lomadas tras lomadas, el panorama en las mĆ”s altas, son mangrullos improvisados para ver hacia el poniente, el valle dejado por el gran rió; que se fue retirando con los siglos y que tiene una necesidad natural de volver a encontrar su antiguo cauce. Eso sĆ, dejo como seƱa, el arenal de la zona, como marcando territorio y para cuando quiera volver, no encuentre resistencia en la fragilidad del suelo.
El lapacho, por hombrĆa y el timbo por servicial, son los Ćŗnicos tenidos en cuenta por los sembradĆos, sin embargo muchos tratan de aferrarse a ellos para poder sobrevivir.
PequeƱas lagunas, ocupan las cubetas que fueron dejadas por el tiempo; y alimentadas por las lluvias de estĆo dan vida a otros habitantes del lugar, que son tratados como intrusos en un espacio que nunca dejo de pertenecerles. Los pĆ”jaros deben tener, desde las alturas la imagen de grandes ojos celestes. Sus aguas tienen transparencias insinuantes y sus siluetas son adolecentes. Algunas tienen sabor a manantiales, y se hacen llamar eternas.
La mĆ”s grande se desangra en un arroyo sin nombre, que cruza el Ćŗnico camino. La herida que deja el curso del agua transformo el paisaje en un pequeƱo barranco. Dejando al descubierto los estratos arenosos del suelo, que si no fuera por el pequeƱo puente que lo atraviesa, el rodeo que habrĆa que hacer para llegar del otro lado, se emparentarĆa con aventuras de adelantados espaƱoles Es tan pequeƱo como insignificante. Solo los lugareƱos comprenden el valor de ese puente. El sobrevalor monetario que debió tener su construcción, hecho por tierra la necesidad honesta de los que lo soƱaban.
Los atardeceres tienen otro significado en su paisaje. Contorno medieval, conjunción del hombre y naturaleza. Hiedras salvajes tapizaron sus paredes, y manojos de totoras filtran la corriente, que ya viene desteñida desde mÔs atrÔs.
La herrumbre de figuras labradas en la arena, esta
lactitas
endebles, a los impiadosos aguaceros; proyectan sombras fantasmales,
pero solo hasta la caĆda completa del sol. FĆ”bulas regionales de tesoros
nunca encontrados. Y de apariciones de espĆritus que deseambulan, sin
poder subir al cielo. No le quita velocidad a los obligados transeĆŗntes,
que se persignan antes de cruzarlo por las noches.
La
mansedumbre de las iguanas, corretean las siestas de verano. Mientras
se relamen sus colas, embadurnadas de miel de algĆŗn panal de
lechiguanas, que ostentaron construirlo en la base de un yatay.
Silencios quebrados solo por el golpeteo de pÔjaros carpinteros, que contestan un Morse natural de los topitos lugareños, invisibles a sus ojos. El brillo de alambrados con púas, contiene a las tunas; que ofrecen sus frutos como mercaderes, con flores hermosas como señuelos, y atrapar con quiscas y espinas a sus pretendientes.
El puente.
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