El arca de Artigas.



                Agua


Infinitamente creíble. No era producto de algún alucinógeno, que me hiciera imaginar cosas; tampoco era un sueño de una siesta calurosa después de un almuerzo abundante, que te hacen recordar hasta los más pequeños detalles de aventuras en el subconsciente, y que en suerte te resulte agradable al despertar.
Ni siquiera tratando de rescatar en algún rincón de mi memoria, cuento, anécdota o murmullo de los más ancianos, que motivaran mi interés.



Temeroso, quizás por toda mi ignorancia, trato de explicarme que era lo que estaba sucediendo.- Cuando inesperadamente, vuelvo a la realidad por un tremendo golpe que recibe el bote y los gritos de mi gente; que se envalentonan y vuelven a dominarla.
Después la calma, la noche se abre por un momento, y deja ver un menguante coronado por una  marquesina circense, muy parecidas, a las que ya no aparecen más por los pueblos.
Se escucha solo el sonido del agua, que entona melodías, rasgando sus notas con todo lo que se le interpone a su paso.
De vez en cuando meto mi mano en ella, y ciento una energía devastadora y fría, y por un momento creo,  que la cosa se va tiñendo a oscuro en serio.




Completamente mojado, los dedos de mis pies, juegan entre ellos para darse calor, pero sin respuestas positivas, vuelven a contraerse. A mis huesos entumecidos, trato de acomodarlos  moviéndolos con los hombros, mis manos hacen plegarias y las acerco a mi boca para largar todo mi aliento, pero, se interrumpe por una tos no forzada, de cigarrillos que se convidan y se hacen recordar en otoño. Otoño, no me acordaba que era otoño. Trato de hacer interpretaciones bíblicas con respecto al diluvio, y me vuelvo a preguntar si tanto mal le estamos haciendo a este mundo, que nos pone a prueba. Interpretaremos el mensaje, para poder descifrar esas palabras que son largas de escribir y difícil de pronunciar? : Como solidaridad, tolerancia o convivencia. La vida en la contemporalidad sorprende cada vez menos; sí; las actitudes de los hombres, que siguen insistiendo en perder el glamour de la existencia.
No analizo demasiado las cosas que suceden; no me da tiempo, actúo por inercia, no sé si bien o mal. Son situaciones límites. Obstáculos con un trasfondo profético, para ver hasta donde los humanos somos capaces de reaccionar ante el hecho consumado. No en la omnipotencia mecénica, si en generar ayuda, y no en el sentido de la supervivencia propia, que es congénito, sino proyectarla hacia los demás. Creo que son anticuerpos que me trasmitió mi padre cuando era niño, y que uno no sabe que los tiene  hasta que se manifiestan...
La corriente sé hacia más fuerte, y presentía que estábamos sobre el cauce original del arroyo. Solo intuición, por que el paisaje no deja adivinar nada. Es solo uno, agua, cielo y agua.-Mi gente empieza a insultar en voz alta y no comprendo él porque. Destraba mi desconcierto, una gota que estalla sobre mi frente, miro  hacia arriba y observo bandadas de pájaros, en vuelos de fuga de sur a norte. Empiezo entonces a entender los insultos. Vuelve a llover.

            La noche

Cae la noche, y la navegación empieza a dificultarse cada vez más, un poco por la inexperiencia de estar sobre una recreación no muy agradable, de lo más parecido a un mar. Nos recupera el ánimo, unas luces, que vemos en nuestra proa. Acercándonos muy lentamente, apagamos el motor del bote, y empezamos a remar, para no toparnos con las copas de los árboles sumergidos o que es peor, con animales muertos que flotan por todos lados, como si fueran bajas de un campo de  batalla, sin guerra declarada. Nuestro asombro marca un registro más, cuándo vemos a un grupo de personas acampando en un lugar increíble, lugar que no es más ni menos que el puente más importante de la zona, y por el cual se ha transformado en una plataforma de supervivencia.-
Solo nos quedamos unos minutos, ante la insistencia del líder del grupo, en asegurarnos que había gente en peores condiciones que ellos más adelante. El motor nos vuelve a responder y salimos de vuelta, con rumbo zigzagueante, adentrándonos en esa palestra siniestra. No paso más que un par de minutos, cuando nos encontramos con un espectáculo desesperánzate. Lo que era un creciente establecimiento arrocero, hoy no queda nada; solo los inmensos silos que sobresalen del espejo de agua dejan ver sus cúpulas abarrotadas de personas, desde ya no sé que día. Tapadas con plásticos, improvisaron camastros para los más pequeños. Solo los ayuda el calentamiento de las chapas, por la fermentación del arroz que todavía contenían los silos, cuando los atrapo el diluvio. Nuestra llegada fue victoriana, pero resignante a la vez. No había tanto espacio en el bote, ni siquiera para los más pequeños.
Solo pudimos subir a uno, que por el estado desesperante que revestía, lo acomodamos junto al motor. No había lugar en su cuerpo que no estuviera picado por las hormigas. Debíamos regresar por esta contingencia, y el combustible ya solo quedaba para el regreso.

                 El nuevo día

Amanece sobre el casco, y entre el humo de leña verde y la bruma renace el dolor.
Es un dolor diferente, desgarrante, amargo. Que constantemente quiere florecer en los ojos, y se contiene en una absurda muestra de fortaleza anímica. Pero más, se contienen por encontrarme en un entorno criollo, dónde arrastran angustias históricas, y no por eso acusan resentimientos internos. Ni siquiera, que me alegra por ellos, con nuestra sociedad, que los margina en la indiferencia.
Se empañan mis ojos, excusándome conmigo mismo, por el humo de los fogones improvisados. Algunos para secar la ropa, y otros donde se preparan la comida para todos; racionadas salomónicamente.
Hay un hacinamiento demográfico alrededor de la casa principal, único lugar que no fue alcanzado por las aguas. Construido por una visión de su primer dueño; no pensado en avances malónicos, ni resguardo guerrero. Si no por la vista de la zona que la circunda, con paisajes de esteros, lagunas y lomadas con palmeras. Rodeado por un bosque de paraísos y eucaliptos sarmientanos. Mis hijos, y los de mi gente disfrutaban de esta plaza natural con sus juegos improvisados  todos los veranos. Donde no se sufre tanto, cuando el calor  adormece, por una especie de microclima que produce todo ese majestuoso verde. Son los mismos que veo acurrucados unos con otros, con las miradas perdidas y caras desfiguradas de pánico y de frío. Buscando respuestas en sus madres, ocupadas en responder solo con caricias y palabras, que cuestan por salir.
Al lado de las pocas vacas que se pudieron salvar, conviven los animales que pudimos recatar o que tuvieron el instinto de supervivencia, temblando de miedo y hambre, cansados, de soportar tanta lluvia y   buscar la salvación por más que eso signifique abandonar el orgullo de ser feroces, huidizos o enemigos. No queriendo imaginar el sufrimiento de los que no pudieron llegar ni siquiera a esa poca honrosa situación.
Generaciones pasaran para que se pueda volver  a ver una recuperación de las pocas cosas autóctonas que nos están quedando.


             La muerte

Ya pasaron algunas semanas y el agua se va retirando lentamente dejando ver su paso de muerte. El olor a putrefacción que no selecciona animales, te percute hasta en lo más hondo. Es la obra  de teatro más dramática que me hiciera parte del elenco, este destino. El barro, la mortandad de la fauna, la desesperación de la gente para rescatar lo servible de lo poco servible que tenían; bajo sombras constantes que caen sobre nuestras cabezas, y periódicamente se precipitan en juergas sobre la muerte reinante.
Siento que hice todo lo que pude, y mi conciencia, solo tiene espacio para la lucha despareja con la naturaleza, no en contra. Es más los que nos da, de los que nos quita, y no tenemos derecho a entablar juicios arbitrarios. Son defensas contestatarias que actúan para todos, por igual. Pero que lo sienten, como la mayoría de las penurias universales, los pobres. Pobres en la suficiencia material, pero con un espíritu practico de razonamiento de los que les sucede. Todo tiene un fin y una vuelta a empezar.  Demagógico es pedir para esta gente, mi gente, el paraíso celestial, los campos de Ambrosía o una situación más favorable en esas pasantías temporarias que balancean nuestras vidas en la tierra.
Estoy seguro que así será, y es el último pensamiento que contengo antes de reencontrarme con mi familia, que me sufrió en ausencia.                                                                                   
    Artigas, capataz de estancia.

Andria 1903

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Instagram