La experiencia no era nueva. Después del quinto hijo, sugiere un embarazo llevadero y sin inconvenientes como todos los demás, a pesar de que han pasado diez años del nacimiento del último.
Lo que sí ya no será lo mismo, es la presencia de la abuela para ayudar; porque se durmió para siempre el invierno pasado, sin reclamar nada y cumpliendo con sus repetidos vaticinios, de dejar estos pagos, cuando estén florecidos los lapachos y se retuerza el naranjal que ella misma planto.
Los hijos están todos grandes y se pueden socorrer. Ya no hay tantos animales después de la gran inundación, y solo hay que darles de comer a las gallinas y a los cerdos. Lo que sí recomendó a todos, es que trataran de terminar el horno de barro prometido en navidad. Al más grande le encarga el cuidado del más chico, y sin saberlo introduce enseñanzas jesuíticas de las viejas escuela Normales.
Planifica los deberes domésticos y calcula que en el periodo de su inactividad podrá arreglar toda la ropa de trabajo.
La orden del médico en su última visita al hospital del pueblo, era de realizar un reposo preventivo; la edad de parturienta ya no es la ideal y a sabiendas de lo que es la mujer de campo en sus quehaceres rutinarios, siempre asociados al esfuerzo, de sol a sol; la convenció de que se mantuviera al margen de toda intromisión hogareña.
________________________________________
Los últimos días las patadas eran incesantes. Todos ponían sus oídos en la panza de su madre para poder escucharlo, excepto el más chico que al sentirse desplazado, solo posaba sus manos indiferentes. Hasta el momento mágico de sentirlo, y arrancarle una sonrisa de sus labios.
Llego el día, con una diafanidad que lastimaba los ojos, tiñendo rápidamente un amanecer fresco de brisas del norte. A media mañana, las contracciones eran cada vez mas seguidas, unas tras otra. El padre ordenaba a uno de los chicos que busque a una vecina de una chacra cercana, y sin ensillar tomo el caballo más veloz.
La tarea no fue difícil, y después de participar en varios nacimientos propios y ajenos; con el visto bueno del médico de la zona, que no puede llegar por las distancias. Asoma a la vida, Pedro. Cara redonda, manitos regordetas; bautizo al mundo con llantos y sonrisas, en una conjunción de drama y comedia. Ojos saltones, color inmigrante como su abuelo paterno. Afloja la rudeza del padre que lo roza con sus manos, y le brotan lágrimas de gozo por su último retoño.
Los primeros meses todo era rutinario, normal. Las jornadas volvieron a ser las de siempre, y lo único que se hacía notar era el pequeño, que no pasaba inadvertido.
El comienzo de las clases, suspende el tiempo completo de permanencia en la chacra, lo que para los más pequeños era un alivio, el de no tener que regar dos veces por día los huertos acompañados por los grandes calores, para los más grandes era doble sacrificio; el de levantarse más temprano para poder terminar a tiempo la ayuda a su padre, poder concurrir a la escuela y terminar con sus forzados últimos años de primaria.
Las maestras son las mismas, las ganas también. Los primeros días son de remojo y de comentarios de anécdotas de los tres meses de vacaciones.
Y entre carcajadas juveniles, la noticia del nuevo hermano, era la nueva buena. La maestra hace contar con las manos para saber que numero era, y de paso saber si no habían perdido la capacidad de adición.
El ruego de conocerlo, se hace realidad cuando a los dos días de comenzada las clases, lo presentan en sociedad ante su maestra, que no duda en comerlo a besos y quien trata de sacarle parecido con sus hermanos.
Pasa todo el día escolar con ellos y eso acentúa la atención hacia el bebe. En la observación permanente, y el recuerdo de manifestaciones conocidas, comienza a preocuparle algunas expresiones mientras corretea en su andador. Los rasgos de su cara, la constante exposición de su lengüita, y la dificultad para emitir monosílabos; llamo la atención de la maestra, quien, con un gran sentido de la situación, cita a los padres para el otro día.
La incógnita de saber que trataría la reunión, llevo a que, a la hora de la cena preguntaran a todos sus hijos si es que no tuvieron problemas en la escuela. Dejando más dudas ante las negativas generalizadas.
Esa mañana la maestra llega en su propio auto, y no en el que habitualmente la traslada desde el pueblo con las demás compañeras.
Los hizo pasar al salón principal, y los seduce con
mate dulce mientras se acomodaban en unos enormes sillones de mimbre; y sin muchos rodeos, les pregunta qué tiempo hacía que no estaban viendo al médico pediatra del bebé. Obteniendo como respuesta, el sonrojamiento de la madre y la cabeza baja del padre. El tono de voz de la maestra no es el mismo que están acostumbrados a escuchar de ella. Saben que se viene una difícil y dejan que ella se los sentencie. Y sorprendiéndose empieza a contarles la historia de Peter Pan y el mundo del nunca jamás, y de unos seres especiales, qué viven en un submundo dentro del nuestro, donde no existe la maldad, donde la pureza es total y que solo brota de ellos cien por ciento de ternura. Y solo algunos privilegiados tienen la hermosa oportunidad de recibirlos, solo y cuando ellos sean recíprocos con ellos.
Muy por encima y sin mucha explicación científica, les resume lo que es esa demostrativa transición en el ser; la necesidad medica de tratarlo, y brindarle por parte de ellos y de sus seres cercanos la pócima milenaria que lo cura todo. Amor.
Lo que va a ponerlos a prueba, creyentes o no creyentes, por designio de Dios.
tabacal charrete con el que vinieron a la Escuela. Los primeros alumnos comienzan a aparecer desde los caminos y el sol levanta el rocío del pasto.
La cena tiene incógnitas y el silencio de los chicos carcome el interés de saber qué pasaba. Su madre esta más linda que nunca y su padre de golpe se parece a una foto de bautismo del más grande de los hermanos.
Y antes de comer, el jefe de familia respira hondo, y él, que siempre fue parco con las palabras, comienza contarles una historia, la de Pedro Pan, el que tiene mucho amor por dar.....

No hay comentarios:
Publicar un comentario