El Transbordador de reencuentros

             
  

Todos los regresos suelen ser traumáticos desde el punto de vista de la incógnita, en no saber, si volverás a encontrarte con antiguos rostros, con conocidos rincones, o quizás con uno mismo. Las calles por más que sientan mis pisadas, no las clasifican ni las asocian, debido a una amnesia, que les produce  el paso del tiempo.

El mismo que mantiene vivo mis recuerdos en cofres impenetrables, que ni siquiera  la gente que tengo cerca lo sabe. Son pertenencias, que se las lleva adscriptas, y que de vez en cuando suele abrirse, motivadas por alguna emoción, que no todas las veces son muy agradables para los sentimientos. Lo raro de todo, es la forma que trato de encontrarme, tropezando con todo lo que se me cruce en el camino, producto de la causalidad.







 El descalabro total se colma, cuando por un acto impensado arrebato una bicicleta  apoyada en un árbol de una calle, de la cual no me acordaba el nombre en ese momento, debido al exceso de adrenalina que invadía mi cuerpo, para recordarla unas cuadras más adelante de mi frenética carrera. Un escape medio progre, debido a que la bicicleta mantenía de su estructura original, solo lo básico: las ruedas, el manubrio y un cuadro tipo ingles, el de los que se descartan en las compras actuales.


Elijo por azar el circuito aventurero del reencuentro, y sin querer, empiezo a beberme el viento caliente con aroma de jazmín de verano, el mismo aroma que no me permitían tenerla por las noches en mí cuarto. Mis piernas sienten un cosquilleo especial cuando paso por la casa de un viejo amor, y se me vienen pantallazos de situaciones enamoradizas, que hoy las volvería a hacer; como, ir todos los domingos a misa, para estar más cerca de ella y bancarme a las amigas, o volver a casa  caminando todos los días de madrugada. En fin, todo lo que me haga sentir bien, sin prejuicios ni castigos penitentes.


 Descubro el río a pocas cuadras, porque la calle tiene un horizonte verde, frontera de isla, que se patina con las caídas del sol. El mismo que transforma las fachadas de las casas que las enfrenta  en viejos relojes incaicos. Siluetas inmóviles sé persignan tratando de robarle algo al río, que se niega rotundamente a darles una alegría.
Saludo a gente que no conozco, y creo que ellos ni a mí, pero son rituales pueblerinos que no los desprecio, los disfruto.
 Cuelgo la bici en el hombro y bajo hasta la orilla; me arremango las botamangas, y me siento en cuclillas. Una necesidad imperiosa de tirar piedras, me hacen volver por un instante al recuerdo de mis amigos. Y cuento hasta diez, para no caer en la vanidad de solucionar sus ausencias en estos momentos; dejándolos para otro pasaje más adornado de mi vida. Cuesta arrancar de vuelta, y despedirme del río, que se parece mucho al mejor amigo; porque se está con él, sin hacer nada y se disfruta de ello. Saco la greda de mis zapatillas y reinicio mi andar.


Ocupo todo el ancho de las calles, haciendo zigzag, despreocupándome por completo de peligro alguno, porque esta hora, no está marcada en el calendario del día, es un feriado histórico, que en otros lugares se los conoce, como siesta.
 Solo los carros arrastrados por famélicos caballos, que tienen por jinetes a chicos juntando la basura de la tarde, donde siempre hay posibilidad de encontrar algo de comida. No siempre los tumores de la sociedad se los puede extirpar, y están emparentado mas con una mala praxis nuestra que con la misma enfermedad.

 Las sensaciones se multiplican ante cada encuentro, algunos medios mitológicos, como cuando  vi a un viejito, encorvado por los años, sentado en una banqueta de madera, en la vereda de lo que pareciese fuera su morada final, antes de pasar a mejor vida. Era el carpidor de la casa de mis abuelos, viejo oficio que borro la tecnología. Me pasaba horas viéndolo como limpiaba con maestría enormes patios de gramilla, mientras nos recuperaba arqueológicamente algunas bolitas que se nos extraviaban en la espesura del pasto. Todavía viven esos ojos celestes, donde unas nubecitas grises les impiden reconocerme.
 Suplanto en el saludo a mis abuelos, y cariñosamente me despido. Creo que no lo volveré a ver por estos lugares.


La avenida me conduce hasta la vieja Estación del Ferrocarril, que si no fuera por su enorme estructura de ladrillos vistos, serian parte del olvido. Un nudo de vías, sin sus durmientes de quebracho, señala un destino incierto, como si  se sintieran culpables por el éxodo de la gente más joven del pueblo hacia otras oportunidades. Las colosales galerías de espera, solo albergan gritos de niños que juegan con un perro, el único guarda, que queda de turno completo. Aspiro profundo, y trato de no resignarme. Solo la brisa fresca que baja de los ciclópeos eucaliptos del viejo cuartel, que secan mi sudor de angustias, me da espacio para reflexionar.

 Mi escuela; las caras de eterna juventud de mis maestras, y sus preocupaciones constitucionales del oficio, del que sepamos redactar y resolver problemas matemáticos. Hoy, ya son otras sus preocupaciones que las comparten conmigo, sin vergüenzas, tratando de desahogarse  en el futuro.


El día comienza a cerrar sus persianas, como la vieja panadería, posta obligada de escolares camino a clases. Churros y carasucias, facturas de los pobres, endulzaban los recreos, cuando  sobrevivían a las  clases. Los regresos a las casas eran  más rápidos que las idas, para tomar la leche de un sorbo, y jugar hasta el último rayo de luz. Sin darme cuenta, la ansiedad me traiciona, y recurro  a golpes bajos;
cuando muy lentamente recorro la cuadra donde crecí, y me sorprende ver mi casa en perfecto estado, tal cual lo hubiese soñado mi abuelo cuando la construyo. Tomo como medida del tiempo los crespones del jardín, que sobresalen a la altura de los techos, las camelias y los rosales ya no están, como tampoco las enredaderas de glicinas que cubrían la medianera. Los que se renuevan son los pájaros que siguen encaramados a un árbol de quinotas, injerto que produce sus frutos a pesar de los años que tiene.
                                                                                                                            Los más viejos del barrio se mudaron a algún un lugar del cielo para no ser intemporales, y seguir la rutina del mate en las mañanas, sentarse en la vereda de sus casas por las tardes de verano, compartir procesiones a la marmita de la Virgen o acudirse en los problemas de sus vidas.

                                                                                                                                                       Un soplo de aire levanta arena de la calle; instintivamente cierro los ojos, y lamento que no pase más el regador, muerto en combate  y abandonado en un baldío municipal.
Mis tiempos se acortan, y  debo regresar a las prisiones de la sociedad. Que no sé cómo, me permiten tener una salida bajo palabra. Pagaría lo que fuera por la fianza, que me libraran de ellas; y me dé la oportunidad de un regreso más prolongado.  Mi ego aflora descaradamente, porque no pienso en los míos y ni en  mis proyectos. Vivir siendo leonino, se vuelve cada vez más difícil. El hombre ha dejado de ser el centro de la tierra; para ser parte de ella, y por lógica racional convivir en complejas utopías. El todo para afuera es parte de la religión humana,
Y mirase para adentro en sentido del encuentro con los afectos de nuestros primeros momentos, nos encuadra en castas con peligro de extinción.

La noche me atrapa sin censuras, y las culpas  me azotan justificadamente, por tomar el transbordador del tiempo, sin permiso de su dueño.
Trato de dejarla lo más cerca de donde la encontré, y salgo corriendo tocando timbres ajenos, últimos arrebatos de reencuentros. Pero ya nada, en tiempo actual, es comparable a esos momentos.



Andria 1903

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